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La silla de plata /

by Lewis, C. S. (Clive Staples).
Material type: materialTypeLabelBookSeries: Lewis, C. S. Chronicles of Narnia: Publisher: New York, N.Y. : Rayo, c2005Edition: 1a. ed. Rayo.Description: 298 p. : ill. ; 20 cm.ISBN: 0060884304 (pbk.) :.Title notes: $9.95 prolam 5-2006 (db)Uniform titles: Silver chair . Spanish.Subject(s): Narnia (Imaginary place) -- Juvenile fiction | Good and evil -- Juvenile fiction | Voyages and travels -- Juvenile fiction | Witches -- Juvenile fiction | Princes -- Juvenile fiction | Spanish language materials | Fantasy | Fantasy fictionSummary: Two English children undergo hair-raising adventures as they go on a search and rescue mission for the missing Prince Rilian, who is held captive in the underground kingdom of the Emerald Witch.
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Books Books Altadena Main Library
Adult Collection Adult World Languages Fiction Spanish FIC LEW Available 39270002974289

Enhanced descriptions from Syndetics:

<p>UN PRÍNCIPE ENCARCELADO -- UN PAÍS EN PELIGRO</p> <p>Narnia. . . donde los gigantes hacen estragos... donde el mal hechiza... donde el encantamiento es la ley.</p> <p>Entre peligros inconcebibles y profundas y oscuras cuevas, un noble grupo de amigos parte a rescatar a un príncipe encarcelado. Pero su misión los lleva bajo la tierra donde se encuentran frente a frente con un mal más bello y más peligroso de lo que jamás se hu- bieran imaginado.</p>

$9.95 prolam 5-2006 (db)

Translated from: The silver chair.

Originally published in English in 1953.

Two English children undergo hair-raising adventures as they go on a search and rescue mission for the missing Prince Rilian, who is held captive in the underground kingdom of the Emerald Witch.

Excerpt provided by Syndetics

<opt> <anon I1="BLANK" I2="BLANK">La Silla de Plata Capítulo Uno Detrás del gimnasio Era un día desapacible de otoño y Jill Pole lloraba detrás del gimnasio. Lloraba porque se habían reído de ella. Éste no va a ser un relato escolar, de modo que contaré lo menos posible sobre el colegio de Jill, pues no es un tema agradable. Era un centro coeducacional, una escuela tanto para chicos como para chicas, lo que se daba en llamar una escuela <<mixta>>; había quien decía que el problema no era la mezcla de alumnos sino la confusión mental de los que la dirigían. Eran personas que pensaban que había que permitir a los alumnos hacer lo que quisieran; y, por desgracia, lo que más gustaba a diez o quince de los chicos y chicas mayores era intimidar a los demás. Ocurrían toda clase de cosas, cosas horrendas, que en una escuela corriente habrían salido a la luz y se habrían zanjado al cabo de medio trimestre; pero no sucedía así en aquélla. O incluso aunque sí se desvelaran, a los alumnos que las hacían no se les expulsaba ni castigaba. El director decía que eran casos psicológicos muy interesantes y los hacía llamar a su despacho y conversaba con ellos durante horas. Y si uno sabía qué decirle, acababa convirtiéndose en un alumno favorito en lugar de todo lo contrario. Por ese motivo lloraba Jill aquella desapacible tarde de otoño en el sendero húmedo que discurría entre la parte trasera del gimnasio y la zona de arbustos. Y seguía llorando aún cuando un niño dobló la esquina del gimnasio silbando, con las manos en los bolsillos, y casi se dio de bruces con ella. -- ¿Por qué no miras por dónde vas?-- lo increpó Jill Pole. -- Vale, vale-- respondió él -- , no es necesario que armes ...-- Y entonces le vio el rostro -- . Oye, Pole, ¿qué sucede? La niña se limitó a hacer muecas, de esas que uno hace cuando intenta decir algo pero descubre que si habla empezará a llorar otra vez. -- Es por <<ellos>>, supongo... como de costumbre-- dijo el muchacho en tono sombrío, hundiendo aún más las manos en los bolsillos. Jill asintió. Sobraban las palabras, así que no habría dicho nada incluso aunque hubiera podido hablar. Los dos lo sabían. -- ¡Oye, mira!-- siguió él -- , de nada sirve que todos nosotros... La intención era buena, pero realmente hablaba como quien está a punto de echar un sermón, y Jill se enfureció; algo bastante frecuente cuando a uno lo interrumpen mientras llora. -- Anda, ve y ocúpate de tus asuntos-- le espetó la niña -- . Nadie te ha pedido que te entrometas, ¿no es cierto? Y, precisamente, no eres quién para andar diciendo a la gente lo que debería hacer, ¿no crees? Supongo que lo que quieres decir es que deberíamos pasarnos todo el tiempo admirándolos y congraciándonos y desviviéndonos por ellos como haces tú. -- ¡Ay, no!-- exclamó el niño, sentándose en el terraplén de hierba situado al borde de los matorrales y volviéndose a incorporar a toda prisa ya que la hierba estaba empapada. Su nombre, por desgracia, era Eustace Scrubb, pero no era un mal chico. -- ¡Pole!-- dijo -- . ¿Te parece justo? ¿Acaso he hecho algo parecido este trimestre? ¿Acaso no me enfrenté a Carter por lo del conejo? Y ¿no guardé el secreto sobre Spivvins?... ¡y, eso que me <<torturaron>>! Y no... -- No, no lo sé ni me importa-- sollozó Jill. Scrubb comprendió que todavía seguía muy afectada y, muy sensatamente, le ofreció un caramelo de menta. También tomó uno él. De inmediato, Jill empezó a ver las cosas con más claridad. -- Lo siento, Scrubb-- dijo al cabo de un rato -- , no he sido justa. Sí que has hecho todo eso... este trimestre. -- Entonces olvídate del curso pasado si puedes-- indicó Eustace -- . Era un chico distinto. Era... ¡Cielos! Era un parásito con todas las letras. -- Bueno, si he de ser franca, sí lo eras-- manifestó Jill. -- ¿Crees que he cambiado, entonces? -- No lo creo sólo yo-- respondió la niña -- . Todo el mundo lo dice. También <<ellos>> se han dado cuenta. Eleanor Blakiston oyó a Adela Pennyfather hablando de eso en nuestro vestuario ayer. Decía: <<Alguien le ha hecho algo a ese Scrubb. No está nada dócil este curso. Tendremos que ocuparnos de él>>. Eustace se estremeció. Todo el mundo en la Escuela Experimental sabía qué quería decir que <<se ocuparan de alguien>>. Los dos niños permanecieron callados unos instantes. Gotas de lluvia resbalaron al suelo desde las hojas de los laureles. -- ¿Por qué eras tan diferente el curso pasado?-- inquirió Jill. -- Me sucedieron gran cantidad de cosas curiosas durante las vacaciones-- respondió él en tono misterioso. -- ¿Qué clase de cosas? Eustace no dijo nada durante un buen rato. Luego contestó: -- Oye, Pole, tú y yo odiamos este lugar con todas nuestras fuerzas, ¿no es cierto? -- Por lo menos yo sí-- dijo ella. -- En ese caso creo que puedo confiar en ti. -- Me parece estupendo por tu parte. -- Sí, pero voy a contarte un secreto impresionante. Pole, oye, ¿te crees las cosas? Me refiero a cosas de las que aquí todos se reirían. -- Nunca he tenido esa oportunidad, pero me parece que las creería. -- ¿Me creerías si te dijera que estuve totalmente fuera del mundo, fuera de este mundo el verano pasado? -- No sé si te entendería. -- Bien, pues dejemos de lado eso de los mundos, entonces. Supongamos que te digo que he estado en un lugar donde los animales hablan y donde hay... pues... hechizos y dragones..., y... bueno, toda la clase de cosas que encuentras en los cuentos de hadas.-- Scrubb se sintió muy azorado mientras lo decía y enrojeció sin querer. -- ¿Cómo llegaste ahí?-- quiso saber Jill, que también se sentía curiosamente vergonzosa. -- Del único modo posible... mediante la magia-- respondió Eustace casi en un susurro -- . Estaba con dos primos míos. Sencillamente fuimos... trasladados de repente. Ellos ya habían estado allí. Puesto que hablaban en susurros a Jill le resultaba, en cierto modo, más fácil creer todo aquello; pero entonces, de pronto, una . . . La Silla de Plata . Copyright © by C. Lewis. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold. Excerpted from La Silla de Plata by C. S. Lewis All rights reserved by the original copyright owners. 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